En la antigua Roma, los juegos de azar eran una pasión para los romanos de todas las clases sociales. Aunque perseguidos por la ley y condenados por los moralistas, los romanos no dudaban en derrochar fortunas apostando a los juegos de azar, ya sea en sus casas o en lugares similares a nuestros casinos modernos.

Los juegos de azar en Roma
En Roma, había una amplia variedad de juegos de azar. Uno de ellos era el juego de par e impar, en el cual los jugadores escondían en su puño huesecillos, piedrecitas o nueces, y tenían que adivinar si el oponente tenía un número par o impar. Los espectadores también podían hacer apuestas sobre la cantidad de piezas que el jugador guardaba. Otro juego popular era el cabezas o naves, similar al juego de cara o cruz actual, en el cual se lanzaba al aire un as de bronce. Sin embargo, los juegos más interesantes eran las tabas y los dados.
Las tabas eran pequeños huesos rectangulares, generalmente de oveja o cabra, aunque también podían ser de marfil, bronce o piedra. Cada lado de la taba tenía una forma diferente (cóncava, convexa, plana y dentada), y los jugadores apostaban sobre las caras en las que caerían las tabas. Antes de comenzar el juego, los jugadores acordaban las reglas para determinar al ganador, ya sea sacar el número más alto o más bajo. Sin embargo, las trampas eran comunes, por lo que se hizo obligatorio el uso de cubiletes para evitar el fraude.
Por otro lado, los dados eran piezas de metal, hueso o marfil, y cada lado tenía puntos del uno al seis. Se solían tirar dos o tres dados a la vez, utilizando un cubilete para lanzarlos. Los dados también se utilizaban en juegos de mesa populares, como el juego de las doce líneas y el juego de los ladronzuelos.
La prohibición y los peligros del juego
En principio, las apuestas en juegos de azar estaban prohibidas en la antigua Roma. Solo se permitían durante las fiestas Saturnales y en algunos espectáculos públicos. Los ediles eran los encargados de vigilar y podían imponer multas a los jugadores. Además, cualquier persona que ganara dinero en un juego prohibido podía ser condenada a pagar cuatro veces la suma percibida e incluso ser encarcelada o condenada a trabajos forzados en las canteras.
El juego clandestino era común en Roma, y los dueños de posadas y tabernas escondían casas de juego en sus trastiendas. El juego se asociaba con la bebida y la prostitución, y las tabernas tenían ventajas sobre los lupanares, ya que podían estar abiertas durante todo el día.
El gusto imperial por el juego
A pesar de las leyes en contra del juego, la élite romana, incluidos los emperadores, se aficionó enormemente a las apuestas. Augusto, por ejemplo, jugaba sin recato y consideraba el juego como un solaz, incluso en meses que no eran festivos. Tiberio apostaba cantidades elevadas en cada tirada de dados, mientras que Claudio era tan aficionado al juego que incluso escribió un libro sobre el tema.
Los mejores jugadores de la época eran reconocidos y respetados, como el caso de Cayo Afranio, un funcionario público en Francia que era conocido por ser un jugador de latrunculi, un juego de estrategia romano. Muchos particulares también se entregaron al juego, algunos ganando grandes sumas de dinero, mientras que otros perdieron todo su patrimonio.
Los juegos de azar eran una pasión para los romanos en la antigüedad, a pesar de estar perseguidos por la ley y condenados por los moralistas. Los juegos de tabas y dados eran los más populares, y a pesar de las prohibiciones y peligros asociados al juego, tanto la élite como los ciudadanos comunes disfrutaban apostando y participando en estos juegos.
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